Antes de que se avanzara en la posibilidad de la existencia de patrimonios autónomos en el Derecho español, era el dominio revocable la figura que venía cubrir algunas de las necesidades que hoy satisfacen los patrimonios autónomos.

Mediante el dominio revocable se pacta la transmisión de la propiedad pero sometiendo la misma a una condición o modo con efectos frente a terceros. De manera que, si se produce una desviación del destino pactado para el patrimonio o se incumple el modo de gestionarlo, la revocación viene a remediar la situación. La diferencia con la propiedad fiduciaria está en que, para el caso de los dominios revocables, la propiedad fiduciaria puede regresar a quien formó el patrimonio autónomo (propietario original) o a un tercero (beneficiario), mientras que en el dominio revocable, sólo el propietario vuelve a ser dueño.

Esta diferencia puede quedar desdibujada a través de distintos pactos: aquellos en los que se encomiende, como condición, en el dominio revocable, la transmisión a un tercero. En el momento que se recorre este camino, por vía de pactos, es evidente que entramos en el mundo del fideicomiso. Y aquí aparecen las dificultades propias del mismo: la seguridad para los terceros de que el fiduciario esté comportándose con respecto a los bienes fideicomitidos de acuerdo con el encargo recibido. Dos cláusulas se imponían entonces para evitar estas consecuencias:

  1. La de impedir el efecto retroactivo de la revocación por parte del fideicomitente. Si esto no se pactaba, la inseguridad para el tercero que pacta con el fiduciario es enorme: se queda en manos de la libre revocación del fideicomitente.
  2. La de expresar en el título y la inscripción todas las facultades con las que opera el fiduciario.

La propiedad revocable podría aparecer de este modo como un antecedente del fideicomiso. Pero no es así. En la propiedad revocable la falta de autonomía del patrimonio sigue pesando de tal forma que no permite alcanzar la satisfacción de algunas necesidades que está llamado a alcanzar el fideicomiso. Es precisamente esta circunstancia el que se hable cada vez con más propiedad de la causa fiduciae como la causa, por ejemplo, en los negocios de inversión colectiva.